viernes, 24 de junio de 2011

Un hombre de paz


Augusto Ramírez Ocampo

Por: Carlos A. Lozano Guillén

Augusto Ramírez Ocampo murió a los 77 años de edad, el pasado martes 14 de junio, cuando estaba dedicado, como toda su vida política, a la causa de la paz, casi en solitario dentro del Establecimiento colombiano.


Político conservador, ex canciller, ex ministro, ex alto funcionario de las Naciones Unidas, ex congresista, ex constituyente, ex alcalde de Bogotá y numerosos cargos más, que siempre desempeñó con vocación democrática y progresista. Entendió como nadie en los partidos tradicionales, que la paz era posible pero con cambios democráticos y sociales. Por esta razón, hizo parte de la Comisión Nacional de Conciliación, de la Misión de las Naciones Unidas para la Paz en Centroamérica y fue uno de los gestores del Grupo de Contadora para la Paz en Nicaragua, El Salvador y Guatemala.

Augusto Ramírez Ocampo, hizo parte de la Comisión de Paz con el ELN y fue protagonista en varios intentos de paz con las FARC-EP. Hizo aportes significativos al Informe de “los notables” en la mesa del Caguán, el cual siempre valoró como uno de los documentos más concretos y realistas para el logro de la solución política negociada del conflicto colombiano. En la actualidad estaba vinculado al grupo del almuerzo entre amigos de la Embajada de Suiza y al Club del Desayuno de la Embajada de Suecia, donde escuchamos siempre su voz autorizada y analítica, sin hacerle la más mínima concesión al guerrerismo y a la salida militar de conflicto.

Convirtió el Instituto de Relaciones Políticas e Internacionales de la Universidad Javeriana, bajo su dirección, en un centro académico de reflexión y de debate sobre temas de derechos humanos, derecho internacional humanitario y paz. Participamos como su invitado en varias actividades. Una de las últimas fue muy animada, sobre el libro “Las FARC ¿Una guerrilla sin fin o sin fines?”, con la presencia de su autor Daniel Pécaut, escuchó con atención nuestros planteamientos aún aquellos que no compartió. Un hombre decente, tolerante y en el cual pesó siempre más su convicción de la paz dialogada, con soluciones políticas acordes a las causas del largo conflicto.

Compartimos numerosos escenarios y eventos en que trabamos una buena y cordial amistad. Conservador progresista en el sentido estricto de la expresión y con una visión moderna del Estado y la sociedad. Su generosidad y compromiso lo llevó a declarar en el proceso que nos adelantaron en la Fiscalía por rebelión, cuando había tanta intimidación uribista, que el autor de esta columna no era un terrorista sino un luchador por la paz. Deja un legado altruista para las nuevas generaciones y un enorme vacío en las reservas democráticas colombianas.

Mirador Semanario Voz

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