miércoles, 1 de junio de 2011

La deuda histórica

Por: Carlos A. Lozano Guillén

Mirador VOZ ed. 2592 1 al 7 de junio de 2011

La aprobación de la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, ahora en proceso de conciliación entre Senado y Cámara, sin que esté exenta, en esta etapa, de más modificaciones retrógradas, desató toda suerte de regocijos y satisfacciones en el Gobierno Nacional y en los promotores de la “unidad nacional”, aunque no da para tanto. La han llamado “histórica” y otros, más entusiastas, dicen que partió en dos la historia de Colombia. El ministro del Interior y de Justicia, Germán Vargas Lleras, al celebrar la apabullante aprobación en el Senado de la República, como si estuviera en un acto electorero, grito que “¡vivan las víctimas!”.


Los analistas y especuladores del oficialismo, aseguran que de esta manera se paga la deuda histórica con el campo colombiano, en el caso de la restitución de tierras, y otros más alebrestados la califican de “auténtica reforma agraria”.
Preferimos ser aguafiestas, pero no nos unimos a la celebración. En el caso de la restitución de tierras a las víctimas que fueron despojados de sus propiedades en el campo a lo largo del conflicto, no nos oponemos. Nos parece un paso adecuado, pero tenemos la duda de la eficacia de la ley porque el conflicto y sus consecuencias se mantiene en el campo y en estas condiciones es difícil el regreso de los desplazados. La inseguridad campea y la presencia de las Bacrim (paramilitares de viejo y nuevo cuño) y la confrontación Fuerza Pública  e insurgencia, nos son prenda de garantía para la vida de la población civil inerme. La fiesta gubernamental tiene tufillo demagógico.

Pero, además, habría que preguntar ¿qué deuda histórica se está saldando? Porque la verdaderamente histórica, que es el acceso a la tierra y la democratización de la misma, sigue igual que hace sesenta años. El origen del conflicto está en la negativa total a la reforma agraria por parte de la clase dominante. Esta ley no toca para nada la estructura de la propiedad de la tierra, no afecta la excesiva concentración latifundista y mucho menos le pone el tatequieto a otras formas aberrantes del despojo, como el del sistema financiero que arrebata la propiedad a los campesinos ante la imposibilidad de estos de cancelar los créditos. La reforma agraria es integral y la negativa ésta por la presión de los terratenientes, en un país que hace 30 años dio el paso definitivo de lo rural a lo urbano, sigue siendo el detonante de un conflicto que sólo puede superarse si se erradican las causas que lo originaron.

No hay lugar para tanta fiesta y exageración; tampoco en el caso de la reparación de las víctimas, aunque de eso nos ocuparemos en otra ocasión.

carloslozanogui@etb.net.co

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